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Los psicólogos y terapeutas de
todo tipo se deleitan –y enriquecen- afirmando
que los ciudadanos de hoy estamos al borde de la
locura, entre el estrés laboral y la inseguridad
permanente, entre el consumo compulsivo y la
incomunicación…en fin, paranoides crónicos, pero
sonrientes, como corresponde.
Sí, paranoicos, con un delirio de
persecución analgetizado por los medios de
comunicación masiva y sus programas basura a los
que nos enganchamos «para no pensar» en las
múltiples presiones que nos apremian.
Paradójicamente son esos mismos medios los que
nos bombardean con informaciones que poco
contribuyen a nuestra salud mental. Basta un
vistazo de los titulares para demostrarlo:
atentados suicidas casi a diario en medio
oriente, una gripe mortal incontrolada que se
extiende con las aves migratorias, crisis
energética en Asia y Europa por el frío en el
hemisferio norte, edificios que se derrumban por
escapes de gas, cientos de muertos en accidentes
de tránsito y asesinatos varios en todas las
grandes ciudades del planeta.
Con este tipo de noticias, lo
menos que se puede esperar de quienes las siguen
a través de los medios, es que se depriman…
insisto, «lo menos». Por suerte existe la
enajenación y la indiferencia, que si no, seguro
que hace tiempo ya estaríamos todos en el
psiquiátrico.
Así es nuestra sociedad de la
información… nuestra libre, democrática,
emprendedora y cibernética sociedad de la
información.
Como si estas amenazas no
bastasen, las distintas disciplinas que se dicen
«científicas» aportan cada día nuevas y
sorprendentes informaciones con las que marcan
pautas de comportamiento individual y social, y
de paso, advierten de los riesgos que supone no
cumplirlas.
La medicina nos dice cómo debemos
cuidar nuestro cuerpo; la nutrición, lo que
debemos comer; la psicología, cómo debemos
actuar; la pedagogía, lo que debemos aprender;
la ingeniería ambiental, cómo evitar contaminar;
la sociología, cómo nos debemos organizar; la
meteorología… suma y sigue. Cada una en su
respectivo campo aporta datos y criterios que se
convierten poco a poco en verdades
insoslayables, incluso sagradas, sobre todo
cuando los listos de siempre se las ingenian
para rentabilizarlas a través de atractivos
bienes o servicios que ofrecen en el mercado
mundial.
Por supuesto, todas estas
informaciones están al alcance de unos cuantos
clics gracias a los megabuscadores que Internet
pone a disposición de cualquier usuario
mínimamente informado de los gajes de la Red.
A mediados de los 90, Ulrich Beck
se refería a esta hiperconciencia, como la era
del «riesgo global», pues gracias a las nuevas
tecnologías, ya no sólo podemos estar al tanto
de los acontecimientos de nuestro entorno más
inmediato, sino también de aquellos que afectan
a todo el planeta: la amenaza nuclear, el
calentamiento global, el terrorismo
internacional, entre otros.
En suma, una seguidilla de
advertencias y recomendaciones que nos alertan
de los riesgos a los que estamos permanentemente
expuestos tanto de manera individual como
social.
El riesgo como mecanismo de
control social
La palabra riesgo se utiliza para
describir la posibilidad de ocurrencia de un
hecho valorado negativamente, el cual amenaza la
realización, consecución o existencia de una
situación ideal que es valorada positivamente.
En pocas palabras, describe un futuro ideal
amenazado.
Pero, ¿quién define ese futuro
ideal?, ¿con qué criterio y finalidad?, ¿quién
valora negativamente el hecho o situación
considerada riesgosa?, ¿para qué?
Muchas veces estas valoraciones
son fruto de investigaciones «científicas» que
nadie cuestiona, pues dicho calificativo parece
garantizar la objetividad de sus resultados.
Seguro que Einstein se retuerce en su tumba cada
vez que esto ocurre, pues al hacerlo echamos por
tierra el descubrimiento que le hizo acreedor
del Premio Nóbel de Física en 1921: su clásica
teoría de la relatividad.
No hay que olvidar que los
científicos son seres humanos de carne y hueso,
que tienen unas creencias (y no otras), unos
conocimientos (y no otros), unos intereses (y no
otros), unas experiencias (y no otras) y unas
limitaciones (y no otras). No son semidioses ni
mucho menos, por tanto, pensar que sus
conclusiones o resultados constituyen LA VERDAD,
es, como mínimo, simplificar la realidad. Eso,
sin considerar que las investigaciones son
financiadas por determinadas entidades
(universidades, ministerios, fundaciones o
empresas), que suelen tener unos ciertos
intereses políticos, económicos y sociales (y no
otros) en los temas que deciden desarrollar.
Llevado al terreno del riesgo,
esto quiere decir que cuando se utilizan esos
conocimientos para definir un futuro ideal, y
con ello, los hechos o situaciones que lo
amenazan, se hace desde una determinada posición
y no de otra; posición que la mayoría de las
veces coincide con los grupos que ocupan
posiciones de poder dentro de la sociedad.
Este no es un tema menor porque
–tal como funcionamos hoy- cuando la ciencia
dicta una de sus verdades, prácticamente nadie
las cuestiona y terminan convirtiéndose en uno
de esos «futuros deseados» que comentábamos
antes.
Por ejemplo, cuando la psicología
y la neurología definen la hiperactividad
infantil, lo que hacen es patologizar un tipo de
comportamiento que –según ellos- se escapa de
los comportamientos que ellos mismos consideran
normales en los niños y niñas de una determinada
edad. Comportamiento que –por lo demás- tiende a
considerarse como una característica de
personalidad permanente, que no cambia, de modo
que quien sea etiquetado con ese rótulo en la
infancia, probablemente seguirá siéndolo en la
adolescencia, juventud y adultez. Asimismo, con
esta definición científica, lo que se está
diciendo es que «lo normal» es que los niños y
niñas no sean demasiado activos, y que si lo
son, están enfermos y requieren ser tratados
para tranquilizarlos.
En esta lógica de funcionamiento
habita una triple operación de estigmatización (Goffman
1961), vulnerabilización (Rose, 1996) y
justificación de la intervención (Montenegro,
2001); es decir, de poner una marca sobre quien
tiene unas determinadas características; de
suponer que quien tiene es marca es anormal e
inferior respecto de los demás; y de justificar
la necesidad de «hacer algo» para encauzar dicha
anormalidad.
Así explicado suena un poco
aparatoso y rebuscado, pero es una operación que
todos realizamos inconsciente y constantemente
al pensar en un montón de personas o situaciones
marcadas por este «dispositivo del riesgo»
(Prieto, 2005), como la infancia en riesgo, las
personas que tienen trastornos alimentarios
–anorexia y bulimia-, los pueblos indígenas, las
mujeres maltratadas, las democracia de los
países pobres o islámicos, los jóvenes, la selva
amazónica, etc.
En definitiva, decir que alguien
o algo está «en riesgo» constituye un mecanismo
de control social, pues, para evitar ser
estigmatizados o sufrir las situaciones que
describen esos riesgos, intentamos ser y hacer
todo de modo de acercarnos a los futuros
deseados que las distintas disciplinas definen.
Así entonces, podemos afirmar que el dispositivo
del riesgo nos constituye como sujetos, ya sea
como personas, colectivos o sociedades.
El negocio del riesgo
Como nadie quiere correr ningún
riesgo, todos nos las arreglamos para encontrar
la forma de evitarlos o contrarrestarlos. Es
como una obligación, una necesidad ineludible. Y
como la necesidad es el fundamento del consumo,
pues, sucede que finalmente el riesgo es un
factor que puede generar mucha riqueza a través
de las diferentes prestaciones, productos o
servicios que ofrecen seguridad...en todas sus
facetas.
Para evitar riesgos fisiológicos
o de salud, nos ofrecen alimentos cada vez más
sanos y nutritivos, gimnasios y técnicas
corporales, masajes, cremas, medicamentos,
exhaustivos análisis, intervenciones quirúrgicas
o sofisticadas terapias; ante el riesgo de
accidentes de tránsito, nos venden seguros de
vida, airbags, cascos, frenos ABS, GPSs que
hablan, coches totalmente equipados; ante el
riesgo de la delincuencia, compramos cámaras de
seguridad, armas, guardias privados. Ante el
riesgo nuclear, ejercemos presiones políticas y
económicas, industria armamentista, guerras
injustificadas…
En cada uno de estos sectores
existen enormes compañías –muchas de ellas,
transnacionales- que sacan suculentos dividendos
por ofrecer seguridad. Son ellas, mejor dicho,
sus dueños o accionistas, los principales
beneficiados gracias al dispositivo del riesgo,
por tanto, quienes están más interesados de que
éste siga etiquetando, vulnerabilizando y
justificando la intervención.
Arriesgados
Pese a esto, hay quienes optan o
simplemente actúan sin tomar en cuenta todas
estas advertencias, ya sea, porque no las
conocen o no las entienden, o bien, como una
forma de «llevar la contra», de rebelarse contra
la autoridad o el poder.
Para quienes sí las toman en
cuenta, los que no, actúan con imprudencia o
temeridad, por ejemplo cuando conducen un coche,
en su forma de alimentarse o sus hábitos de
higiene, en sus prácticas sexuales o en el
lenguaje que utilizan… lo mismo ocurre a un
nivel macrosocial, entre gobiernos o
instituciones internacionales, las cuales, por
cierto, es poco probable que desconozcan una
información; más bien es factible pensar que en
ocasiones optan por hacer como si no la
conociesen, o incluso que la manipulen, para
conseguir sus propósitos.
Desde una perspectiva realista es
posible sostener que toda la vida, en sí misma
constituye un riesgo, pues pocas cosas dependen
únicamente de cada uno. Pero eso no significa
que nos libramos de la responsabilidad de las
cosas que nos suceden, al contrario; es
precisamente por ello que se hace más necesario
estar atentos y conscientes de las consecuencias
y efectos de las decisiones que tomamos, de las
cosas que hacemos y de las palabras que decimos,
pues es a través de ellas que se construyen las
trayectorias que finalmente vivimos.
Probablemente la solución no esté
ni en la queja ante el control social que se
ejerce a través del dispositivo del riesgo ni en
la realista ultraresponsabilización personal,
sino en un punto de equilibrio que sea capaz de
reconocer cuánto de determinismo y cuánto de
responsabilidad personal hay en cada situación
que vivimos. Después de todo, como siempre, la
polarización de visiones no conduce a nada.
En suma, el riesgo –y su
dispositivo de funcionamiento- es una de esas
palabras que nos construyen como personas, como
sociedades y cómo lo hace, pues, haciéndonos
cada vez más conscientes, racionales, pero al
mismo tiempo, paranoicos, perseguidos,
intranquilos. Así somos, gracias a los temores
–afortunadamente controlados- que las distintas
disciplinas nos han grabado en la memoria, la
conciencia, con su bombardeo de información.


IDEAS EN RED:
«¿Desaparición de lo social? Nunca hubo más
tejido social ni mayor intercambio afectivo,
aunque los viejos registros no detecten estos
nudos y sus particulares emoticones.
¿Reuniones breves, asociaciones suaves, grupos
de viajeros? Sí, pero de este modo las ocasiones
se multiplican de acuerdo al estilo del mundo;
lo gozoso no es fundirse con una fe de hierro,
ni hundirse en el seno de un cónyuge insoluble,
ni marcarse con una sola identidad, sino
experimentar la cinta tornasolada del nuevo ADN
cultural, el nuevo deseo comunicacional del
mundo.
Porque así
como la invención de la pólvora o de la misma
imprenta no desencadenaron ni mayor poder
militar ni cultural en la China de hace cuatro
siglos, la tecnología de la comunicación actual
prende con voracidad porque coincide con una
fuerte demanda de ella. El mundo se hace así
mejor, más participativo, por donde menos se le
esperaba. El consumo de bienes y de servicios,
de sensaciones e informaciones, ha generado un
nuevo sujeto más despierto y complejo».
Del artículo
«La globalización toma rostro humano», De
Vicente Verdú, publicado en el diario El País
(de España), el 1 de enero de 2006.


LECTURA SUGERENTE:
«Educación
del pensamiento y las emociones»
De
Pedro Hernández «Guanir»
Narcea Ediciones S.A., 2006
559 páginas
Este libro
ofrece estrategias para enseñar, para aprender,
para motivar, para enriquecer el pensamiento,
para canalizar las emociones, para desarrollar
valores, para conducir la disciplina, para
orientar a orientadores, docentes y padres.
Resalta las creencias, las expectativas y, sobre
todo, los moldes mentales de los educadores y
educandos, poniendo en primer plano las
competencias en habilidades emocionales,
sociales y de eficiencia.
De ahí que no sea un libro más de «Psicología de
la Educación», sino que es un libro distinto,
por la conjunción del paradigma constructivista
y emocional-personalizante en que se apoya, y
por el modo cálido, reflexivo y práctico en que
se desarrolla.
Algunos de los contenidos del texto son: ¿Cómo
optimizar la educación?, Enseñar a ser
eficiente, Aprender eficientemente, Saber vivir
y convivir y Enseñar a vivir y convivir.
Extraido de
http://www.quadernsdigitals.net/index.php?accionMenu=biblioteca.
VisualizaLibroIU.visualiza&libro_id=7176

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Dos mil seis, año Mozart. Así,
tal y como suena, 250 años del nacimiento del
más genial y precoz, el más prolífico o el más
prodigioso compositor austriaco de todos los
tiempos, Johannes Chrysostomus Wolfgang
Amadeus Mozart (http://www.mozart2006.net/esp/index.html).
El pasado 27 de enero, día
exacto del aniversario de su nacimiento, el
mundo entero en general y Salzburgo en
particular, su ciudad natal, se vistió de
fiesta. A las ocho en punto de la tarde, la
hora exacta en que nació Mozart, tres jóvenes
virtuosos comenzaron a tocar algunas obras
suyas en una de las habitaciones de su casa
natal, usando su fortepiano y su violín. Por
lo reducido del espacio, el concierto sólo
pudo ser disfrutado a través de la
retransmisión en directo - para ochenta
países, según los organizadores- efectuada por
la televisión austriaca (http://tv.tele.at/).
Y qué mejor manera para
celebrarlo que con su propia música. En
Salzburgo se dieron cita la Filarmónica de
Viena, (http://www.wienerphilharmoniker.at/)
; la Orquesta del Mozarteum, los
directores Nikolaus Harnoncourt, (http://www.styriarte.com/harnoncourt/index.php/article/articleview/13/1/4/);
Riccardo Muti (http://www.sonyclassical.com/artists/muti/);
e Ivor Bolton, (http://www.sanctuaryclassics.com/index.php?section=
4&subsection=1&getArticleId=23); los
cantantes Cecilia Bartoli, (http://www.filomusica.com/filo36/bartoli.html)
y Thomas Hampson, (http://www.hampsong.com/);
los pianistas Mitsuko Uchida, (http://www.mitsukouchida.com/)
y Pierre-Laurent Aimard, (http://www.harrisonparrott.com/artists/Pierre_Laurent_Aimard.asp);
los violinistas Gidon Kremer, (http://www.lanacion.com.ar/Archivo/nota.asp?nota_id=631222);
y Julia Fisher (http://www.juliafischer.com/)
o el viola Yuri Bashmet, (http://www.yuribashmet.com/);
entre otros.
En sólo 35 años de vida, Mozart
dejó un catálogo de más de seiscientas obras,
de las cuales más de un centenar
son de una maestría absoluta. Su música,
interpretada sin interrupción, duraría casi
diez días, con sus noches incluidas.
Afirma Laura Crespo, en su
artículo titulado: «El año de un genio» que:
«Sin embargo, no es exactamente ser prolífico
lo que le eleva a ser Único. Se trata también
de su manera de componer. Mozart parecía tener
una facilidad asombrosa para crear música,
divina, como dictada desde fuera. Sus
creaciones son estructuralmente perfectas, y
al oírlas, producen una sensación de estar
escuchando algo natural. Como si no
hubiera posibilidad de variar ni una sola nota
para mejorarlas. Su música es diáfana y parece
luminosa. “Entra bien en el oído” dijo el
propio Mozart acerca de su obra» (http://www.lavanguardia.es/).
También podemos leer en la
página
http://www.Webpersonal.net/mozart/cast/biografia.htm,
que «Mozart ha sido considerado el compositor
más destacado de la historia de la música
occidental y su influencia fue profundísima,
tanto en el mundo germánico como en el latino;
su extensa producción incluye casi todos los
géneros (desde el lied y las danzas alemanas
hasta los conciertos para instrumento, las
sinfonías y las óperas), y en cualquiera de
ellos podemos encontrar obras maestras que nos
hacen recordar la apasionada opinión de Goethe
al referirse al compositor: "¿Cómo, si no,
podría manifestarse la Divinidad, a no ser por
la evidencia de los milagros que se producen
en algunos hombres, que no hacen sino
asombrarnos y desconcertarnos?».
En la página,
http://www.epdlp.com/compclasico.php?id=1067,
se afirma que «A los seis años Mozart era ya
intérprete avanzado de instrumentos de tecla y
eficaz violinista, a la vez que hacía gala de
una extraordinaria capacidad para la
improvisación y la lectura de partituras. En
1769 fue nombrado Konzertmeister del
arzobispado de Salzburgo, y en La Scala de
Milán el Papa le hizo caballero de la Orden de
la Espuela Dorada. Al año siguiente le
encargaron escribir su primera gran ópera,
«Mitrídates», rey del Ponto (1770), compuesta en
Milán. Con esta obra su reputación como músico
se afianzó todavía más. Mozart volvió a
Salzburgo en 1771. El cargo de Mozart en la
ciudad no era remunerado, pero le permitió
componer un gran número de obras importantes
durante seis años, eso sí, en detrimento de su
situación económica. En 1777 obtuvo permiso
para dar una gira de conciertos, y se fue a
Munich con su madre. A la edad de veintiún
años Mozart buscaba en las cortes europeas un
puesto mejor remunerado y más satisfactorio,
pero sus deseos no se cumplieron».
Mozart murió en Viena el 5 de
diciembre de 1791, se cree que por una
dolencia renal crónica. Sólo unos pocos amigos
fueron a su funeral. La leyenda por la cual el
compositor italiano Antonio Salieri (http://www.epdlp.com/compclasico.php?id=1121)
pudo haber asesinado a Mozart carece de todo
fundamento.
El legado Mozart
Existe la Fundación
Internacional Mozarteum, que vela por el
legado de Mozart desde hace 150 años. Entre
otras labores divulgativas, organiza
conciertos, además es dueña de las dos casas
museo de Mozart en Salzburgo, posee la mayor
biblioteca mozartiana (35.000 obras) y el
mayor fondo de manuscritos de Mozart y su
familia, y gestiona la Universidad del
Mozarteum, prestigioso centro de estudios
musicales. Desde 1954, la fundación lleva a
cabo también la monumental nueva edición
histórica y crítica de las obras completas
de Mozart, que se espera concluir en el 2007,
y su versión gratuita en Internet, que ocupará
unas 35.000 páginas (http://www.mozarteum.at/).
A los 250 años de su venida al
mundo, sus composiciones siguen estando muy
presentes no sólo en el mundo musical, sino
que también en la literatura o en el cine y la
televisión de hoy. Hay que tener en cuenta por
ejemplo, que en 551 películas de la historia
del cine se ha utilizado música del genio de
Salzburgo.
Mozart creaba composiciones de
una grandísima perfección estructural, fue
este hecho el que condujo hace cuarenta años
al musicoterapeuta francés Alfred Tomatis, así
como posteriormente a otros neurobiólogos, a
formular el denominado «Efecto Mozart» (El
efecto Tomatis:
http://www.tomatis.cl/metodo.htm). Según
esta teoría, la música de Mozart produce
efectos muy positivos en las pruebas de
razonamiento espacio temporal. Parece ser que
el sentimiento de seguridad, libertad y
rectitud de su música pone en evidencia
nuestro potencial creativo, aumentando la
capacidad de tomar conciencia de nosotros
mismos y provocando una sensación de bienestar
altamente terapéutica (http://www.mozarteffect.com/).
Páginas de interés:
Árbol genealógico de Mozart:
http://www.Webpersonal.net/mozart/arbres_genealogics.htm
Viena y Mozart:
http://www.wienmozart2006.at/jart/projects/mozart2006-Web-v1/main.jart?rel=de&reserve-mode=&content-id=111778583992
Salzburgo y Mozart:
http://www.mozart2006.at/
El director norteamericano
Bernard Rubinstein dirigió en la ciudad cubana
de Holguín a su Orquesta Sinfónica en un
concierto homenaje al compositor austriaco:
http://estadis.eluniversal.com.mx/notas/330403.html
Sobre la película «Amadeus» del
director checo Milos Forman:
http://www.miradas.net/cults/2002/0207_amadeus.html
Fundación Mozart de España:
http://www.fundacionmozart.com/

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