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Éste es el subtítulo de un sugerente libro que
aunque publicado recientemente, ya está
preparando su segunda edición: «El respeto o la
mirada atenta» (Gedisa, 2006). Su autor,
el filósofo catalán Josep Ma. Esquirol, ha
combinado en los últimos años su actividad
docente en la Universidad de Barcelona con la
dirección de la Fundación Epson. En su último
libro ha vertido su reflexión articulada lo más
madura y originalmente posible.
— ¿Cómo se llega desde la
reflexión sobre la tecnología a hablar sobre la
mirada?
— Se puede llegar porque, en
parte, —no en todo, pero sí en parte— lo que
llamamos transformación tecnológica del mundo es
una forma de ver, entender, sentir, percibir,
ser consciente de las cosas. Si la tecnociencia
es algo en relación a nuestra forma de ver las
cosas, valía la pena profundizar en la idea de
mirada para explorar maneras complementarias o
distintas de percibir lo que nos envuelve.
— De ahí el subtítulo. ¿Es una
ética sólo para nuestro tiempo?
— Las buenas intuiciones en
ética, los grandes principios, tienen algo de
intemporal, lo que no significa que en
determinadas épocas históricas o contextos
sociales sean mucho más oportunas. La actitud de
mirar atentamente es especialmente, aunque no
exclusivamente, adecuada en nuestro contexto.
— ¿Por qué es un «buen momento»
para una ética basada en el respeto?
— En primer lugar, porque la
visión social hegemónica en este momento en el
mundo occidental es la procedente de la óptica
tecnocientífica. No hay ninguna perversidad en
esta óptica, en absoluto, pero sí hay un
problema en la hegemonía. Desde mi punto de
vista, la hegemonía de la mirada tecnocientífica
conlleva ciertos peligros y hace oportuna otra
manera distinta de enfocar las cosas. Y en
segundo lugar porque a los argumentos
consecuencialistas conviene añadir argumentos
que se refieren a la naturaleza misma de las
cosas.
— ¿Qué diferencia hay?
— En los temas relacionados con
la ética aplicada —del tipo medioambiental,
ecológica...— predominan argumentos de carácter
consecuencialista: se describe un determinado
modo de funcionar y se intenta explicar cuáles
son sus consecuencias; en función de tales
consecuencias, se propone corregir ese modo de
actuación. La palabra responsabilidad,
que se puso en órbita en estos planteamientos de
ética aplicada a raíz de la obra de H. Jonas,
tiene esta estructura: hay que ser responsable
sobre todo considerando las consecuencias de
nuestros actos. Siendo éste un tipo bueno de
argumentación, no debe ser tampoco exclusivo.
Complementándolo, puede haber una argumentación
que tiene que ver con la naturaleza de aquello
que tenemos ante nosotros. La manera como debo
tratar ciertas cosas no sólo tiene que ver con
las consecuencias que pueden producirse sino con
la misma naturaleza de la cosa que tengo ante
mí. La idea de respeto, por ejemplo, no es
consecuencialista.
—Utiliza mucho en el libro el
verbo «tratar», muy relacional.
— Sí. He querido huir de disputas
de carácter más escolástico y muy abstracto para
pensar algo que, con buen fundamento o
argumentación filosófica, pueda ser la base para
una proyección a ámbitos concretos de la vida
cotidiana: ecología, relaciones laborales...
También en decisiones de carácter político y
social, por supuesto.
— ¿La atención como un
movimiento?
— Movimiento no en su sentido de
aproximación espacial, sino como una especie de
dinamismo. El respeto o la atención pueden
caracterizarse como un movimiento que
mantiene una cierta distancia. Esta
caracterización ciertamente imprecisa, a la vez
expresa una riqueza porque contrasta con otro
tipo de movimiento. La clave aquí era el
contraste: contraste con la indiferencia —que se
mantiene a una distancia total, aunque pase al
lado de algo se está lejísimos—, con la unión
amorosa —que supone una supresión de las
distancias y mediaciones, por ello, en cierta
medida, es más que la atención o el respeto—.
Otro contraste: la violencia, la supresión de
toda distancia, incluso literalmente, por
ejemplo cuando se habla de violar a
alguien.
— Una distancia que en ningún
momento es frialdad...
— No, porque es «aproximarse
manteniendo la distancia», siempre dicho junto.
— ¿Qué hay de la asociación entre
técnica y poder?
— Es inevitable. Al vincular
técnica con poder, ésta queda afectada por el
sentido negativo de poder. Sin embargo, el poder
no es sólo la acumulación potencial de fuerza
que pueda permitir que uno domine a un conjunto
de personas. En realidad, la técnica está
inevitablemente ligada al poder porque nos abre
posibilidades de actuar. Poder significa eso,
«poder hacer», «ser capaz de». Así, el poder es
nuestra capacidad de vivir. La técnica vinculada
con el «yo puedo» es su lugar específico. La
técnica es la amplificación del «yo puedo», del
«tú puedes», del «nosotros podemos». Aquí, en
principio, nadie vería nada negativo, aunque si
de forma separada a esta definición atendemos a
lo que es el poder político como acumulación de
poder con afanes de dominio, entonces la técnica
también puede hacerle a ese poder un servicio de
amplificación de sus potencialidades perversas.
Pero eso no es debido a la técnica, sino al tipo
de poder al que se vincula.
— Ese tipo de poder quebrantaría
en sus raíces una ética del respeto.
— Sí, exactamente. La distancia
respetuosa, el respeto supone la no dominación.
Luego en cualquier estructura, sea
interpersonal, sea de carácter político, en la
cual se ve un dominio, una imposición, ahí no
puede hablarse de respeto.
— Habla de la tecnociencia como
de una revelación.
— Cuando algo se revela es que
aparece a la luz. La técnica y la ciencia
suponen para la sociedad una forma de percibir
las cosas, luego es un tipo de revelación. El
instrumento va vinculado a una percepción de las
cosas. El arado, por ejemplo, con el hecho de
que la tierra puede ser cultivada. Luego las
cosas se perciben también en función de las
posibilidades de la técnica. Ahora «se ven»
cosas que antes no se veían. Y se ven porque
disponemos de unas técnicas que nos permiten
ver.
— Nos permiten saber más porque
vemos diferente, ¿y así llegaremos a saberlo
todo?
— Yo creo que no. Ése es un
presupuesto que a menudo acompaña a la
divulgación o a la ideología tecnocientífica,
más que a su actividad. Todavía no conocemos ni
la milésima parte de las cosas que forman parte
de nuestro universo. El presupuesto de la
transparencia afirma que podríamos llegar a
conocer todo porque, aunque muy complejo, es
transparente; lo que pasa es que nosotros vamos
lentos. Éste es un presupuesto no demostrado en
absoluto en ninguna parte. Más bien me decanto
por subrayar que existe ya en este momento una
especie de misterio; y, por si esta palabra
parece hipotecada por herencias de carácter
religioso, en el libro hablo de «secreto». Las
cosas pueden ser exploradas muy a fondo a través
de ópticas distintas, pero siempre permanecerá
un fondo inexcrutable.
— ¿Y qué pasa con el secreto y la
mirada atenta?
— Siempre habrá algo de lo que
nos rodea que no podemos explicitar, revelar,
sacar a la luz del todo. Cuando uno mira las
cosas atentamente y reflexiona con cierta calma,
puede constatar eso aunque no pueda demostrarlo.
Incluso cuando se reflexiona seriamente sobre sí
mismo, uno se da cuenta de que en el fondo no se
entiende. Creo que era Marcel quien decía que
cuando uno reflexiona —se flexiona sobre sí
mismo—, percibe «algo otro» en sí mismo, algo
que no puede manejar, abrazar, que no comprende.
Y añadía «¡por suerte!». Yo me sumo a ello. Y
eso ocurre también en la mirada respecto a los
demás: por mucho que creamos conocerles, hay
algo que permanece siendo un secreto.
— ¿Qué le llevó a inclinarse por
el término «secreto» en vez de «misterio»?
— De hecho, las combino ambas.
Pero describiendo y acotando la palabra
secreto tal como lo hago, tenía la virtud de
estar un poco menos «cargada». La palabra
misterio tiene mucho lastre; probablemente
bueno en su mayor parte, pero la palabra
secreto es como más ligera. Aunque perdía
una parte de misterio, ganaba una
capacidad de interpelación, de sorpresa.
— Interpelar parece uno de los
objetivos del libro. Habla de la aproximación
como «un especial regalo de inquietud»...
— Nuestro contexto es demasiado
acelerado, lleno de muchísimos estímulos. Tras
afirmar esto, pudiera parecer un poco raro que
haga una apología de la inquietud. Con
inquietud me refiero a lo contrario de la
indiferencia. El indiferente no está inquieto,
pasa de todo, todo le da igual. También
es contrario el dogmático: alguien que tiene
unas certezas muy asumidas y que ya no se mueve.
En este sentido hago una apología de la
inquietud como un no estar somnoliento, no ser
dogmático, estar preocupado... Quien mira
atentamente lo que le rodea no puede no estar
inquieto, porque la situación en la que se
encuentra es algo que continuamente le demanda,
le exige, le interpela. Pero esta inquietud no
es incompatible con el sosiego, la tranquilidad,
el darse tiempo. Tan importante es el darse
tiempo... Aun sin poder generalizar, no nos
damos tiempo a nosotros mismos. Y, por
descontado, si no nos damos tiempo a nosotros
mismos, menos tiempo damos a los demás. Tras
pensarlo un poco, a riesgo de que parezca una
perogrullada, he llegado a la conclusión que
sólo tiene tiempo aquél que es capaz de darlo.
Hay gente que cuando trata con los demás, les da
tiempo. Hay otra que cuando está ante ti, te
hace sentir incómodo. Quien no da tiempo, ni lo
tiene ni lo tendrá. Hay gente inquieta,
interpelada por aquello que le rodea y que, sin
embargo, tiene tiempo, puede experimentar el
sosiego, la tranquilidad. Uno de los mejores
regalos que una persona puede hacer a otra es
darle tiempo.


IDEAS EN RED:
«Sin embargo,
un mundo virtual para la inteligencia colectiva
puede estar también tan cargado de cultura, de
belleza, de espíritu y de saber como un templo
griego, una catedral gótica, un palacio
florentino, la enciclopedia de Diderot y
d'Alambert o la constitución de Estados Unidos.
Puede descubrir galaxias de lenguaje inéditas,
hacer surgir temporalidades sociales
desconocidas, reinventar el vínculo social,
perfeccionar la democracia, cavar entre los
hombres caminos de saber desconocidos. Pero,
para ello, sería necesario que invirtiéramos en
esta construcción, que sea designado y
reconocido como parámetro de belleza, de
pensamiento y lugar de invención de nuevas
regulaciones sociales. Terminamos esta primera
parte sobre la dimensión estética de la
ingeniería del vínculo en tiempo real social,
que concierne sobre todo – pero no únicamente –
la concepción del ciberespacio y la invención de
juegos creativos en el nuevo medio de
comunicación y de pensamiento»
De Pierre
Lévy, en su artículo «Inteligencia colectiva.
Por una antropología del ciberespacio»,
disponible en
http://inteligenciacolectiva.bvsalud.org/channel.php?channel=1&content=14


LECTURA SUGERENTE:
«Ética
posmoderna»
De Zygmunt
Bauman
Editorial
SIGLO XXI
296 páginas
De acuerdo
con diversas opiniones de periodistas y
teóricos, los tiempos posmodernos conllevan la
emancipación de las normas morales, el desapego
del deber y el descrédito de la responsabilidad
moral. Como antídoto a estas afirmaciones, el
autor nos presenta un profundo y persuasivo
análisis de la perspectiva posmoderna de la
ética.
Argumenta que
los grandes temas de la ética no han perdido
vigencia:debemos verlos y abordarlos de una
manera totalmente novedosa. Nuestra época
sugiere.
Aún podría convertirse en el amanecer,
más que en el ocaso, de la ética.
Extraído de
http://www.sigloxxieditores.com.mx/index.php?
main_page=product_info&products_id=4505
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En un artículo publicado no
hace mucho en un diario, hablando de la
educación, se hacía referencia a María
Zambrano al valorar la actual crisis de
valores, educativa, de sentido de la vida, de
vocación profesional, etc.
Esta frase me sirve para
empezar. Decía que actualmente falta «el
misterioso vínculo que une nuestro ser con la
realidad, algo tan profundo y fundamental que
es nuestro sustento íntimo».
En los currículums de ética,
hace unos años, aparecía una cuestión que
siempre generaba fuertes e intensos debates en
las aulas. La cuestión filosofaba alrededor de
la pregunta por el sentido de la vida. Para
casi la mayoría del alumnado –y podríamos
decir que para muchos de los educadores
también- era, y continúa siendo, una pregunta
capciosa y sin respuesta. Incisivo o no, es
cierto que este interrogante trae más de un
dolor de cabeza a muchos y una incertidumbre a
casi todos si se piensa en valores absolutos.
Porque la vida de cada uno depende de muchas
variables que no siempre se pueden combinar al
gusto propio.
A medida que te haces grande y
acumulas años y experiencia, válida o no para
los otros pero sí para ti, si se sabe hacer
una lectura crítica y desde una cierta
distancia, descubres que la vida es un
conjunto de líneas discontinuas –igual que
este artículo- que en silencio y sin pedir
permiso, se alinean una detrás de otra, y te
empujan a vivir con pasos de gigante o de
gorrión, según las propias posibilidades y
capacidades de respuesta ante la sorpresa de
la propia vida.
¿Cuál es mi lugar? Es una de
las preguntas que muy probablemente se puede
llegar a formular una persona en las
diferentes etapas de su vida. Y de pronto, si
se ha ido construyendo un talante propio,
forjando una manera de ser y descubriendo el
valor añadido que puede aportar… se intuye la
respuesta y se va dando forma. Es cierto, no
obstante, que se trata de un proceso nada
fácil, porque a menudo uno se ancla en el «si
no fuese» para poder lamentarse
justificadamente de todo aquello que queríamos
ser y hacer que el freno del «quizás » no nos
ha dejado realizar plenamente.
Si los que hemos tenido la
suerte de crecer en una familia estable,
rodeados de educadores y amigos que nos han
acompañado en nuestro crecimiento, decidiendo
con más o menos acierto y con más o menos
calma, sin excentricidades nuestro presente
que rápidamente se convierte en pasado y
dibuja el futuro… acabamos diciendo que no es
fácil mantener la capacidad de adaptación, el
equilibrio, la coherencia… mantener la
vocación profesional y la integridad personal,
qué debo ser para aquellos que viven en la
desigualdad, la violencia, la pobreza, la
incomprensión…
Recuerdo una conversación que
hace poco tuve con una amiga recién llegada al
país. Me decía que no había pensado nunca que
fuera tan difícil vivir! Golpeadora
exclamación. Difícil sobrevivir en un país
extraño, y que no resulta ser tan acogedor
como parecía, donde se la cuestiona por su
origen y dónde, tras bastantes años, todavía
vive precariamente con su madre y su hermano.
La lucha diaria por mantenerse, conseguir una
vivienda digna, conservar un trabajo,
adelantar en los estudios… y sobre todo,
encontrar su lugar. El inmigrante hace un
viaje forzado, siempre en búsqueda, en frágil
equilibrio entre el síndrome de Ulises y el
agradecimiento a todo aquel que le ofrece una
mano.
Para nadie es fácil encontrar,
descubrir su lugar, no sé si atreverme a decir
en el mundo, porque suena ambicioso, pero sí
situarnos en nuestro entorno más próximo y
entre aquellos que nos acompañan en el día a
día. Adaptarnos, que no significa
conformarnos, ni someternos a la injusticia,
pero sí saber interpretar adecuadamente en
cada momento el libro de la vida, vivir con el
máximo de discreción y normalizando cualquier
situación, para poder extraer siempre algo
bueno, provechoso de cada hecho, incluso de
los que nos puedan parecer más extremos.
Nos hace falta vivir la
realidad de cada momento con intensidad, y así
verbalizar por qué nos ha tocado a nosotros.
Aprender a recibir lo que la vida nos da y
retenerlo y valorarlo. Vivir la fantasía de lo
que no somos nos puede servir en un momento
dado para ser más lanzados y tomar algunas
decisiones más arriesgadas, pero si no
aterrizamos este «no ser» en un tiempo
prudente, aquello conseguido en un gesto de
valentía, se volverá irreal y continuaremos
sin ser felices ni encontrar nuestro lugar en
el preciso momento que nos despertamos del
sueño.
Un lugar en el mundo –como el
nombre de aquella película que personalmente
tanto me marcó– ¡es lo que todos deseamos! No
es fácil de encontrar y no siempre es el
soñado, pero es el nuestro. Sólo hace falta
interpretar estas líneas discontinuas
conectando nuestra o vida con la realidad que
nos atañe.

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