¿Qué ofrece Internet a la Iglesia? 
¿Qué ofrece la Iglesia a Internet?


Extracto de las palabras del Rvdo. Manuel María Bru Alonso, Delegado Diocesano de MCS del Arzobispado de Madrid, durante el IIº Encuentro Diocesano de Comunicadores Católicos: «Los desafíos de Internet». 25-26 de mayo 2002.

«Una persona puede ascender a las alturas del genio humano y de la virtud, o caer en el abismo de la degradación mientras está sentada sola ante un teclado o una pantalla». Estas palabras del documento «Ética de las Comunicaciones Sociales» [1], describen de modo conciso los nuevos desafíos que Internet presenta a la sociedad, a la cultura, y sobre todo a la dignidad humana. (...) Intentamos responder a las preguntas ¿qué es lo que ofrece Internet a la Iglesia, y por otro, qué es lo que la Iglesia ofrece a Internet?


Parece claro que Internet ofrece a la Iglesia:


1. Un nuevo puente para cruzar los muros culturales y sociales que hacen difícil el encuentro entre la propuesta de sentido y de plenitud de vida de Cristo al hombre de hoy, especialmente en el ámbito de las nuevas sociedades secularizadas de occidente.

2. También ofrece un nuevo foro para anunciar el Evangelio al mundo de hoy. Le agrada a Juan Pablo II –ya lo hizo en la encíclica Redemtoris Missio– comparar los nuevos areópagos de la comunicación con los antiguos areópagos o foros griegos y romanos[2], en cuanto lugares comunicativos y de intercambio en los que no sólo se refleja la cultura del ambiente, sino que también se crea una cultura propia. Y como siempre, este nuevo foro es para la Iglesia «una llamada a la gran aventura de usar su potencial para proclamar el mensaje evangélico. Este desafío está en el centro de lo que significa, al comienzo del milenio, seguir el mandato del Señor de remar mar adentro»[3]. Se trata de ofrecer un foro intercultural e interplanetario, que bien puede definirse –cuando va acompañado de «nuevo fervor»–, como «nuevo método» y a la vez «nuevo lenguaje» para la Nueva Evangelización. Pues, bien parece que Juan Pablo II quiere superar, también a través de este nuevo medio de comunicación social, la ruptura que pudiese darse entre la «nueva cultura mediática» y la «nueva evangelización» por él propiciada, que no puede desentenderse de la primera si la primera vez que la mencionó la definió como «nueva en su ardor, en sus métodos, y en sus expresiones»[4].

3. Una casa planetaria para un nuevo hogar universal. Sin tejados y paredes, y sin otro refugio que el de la libertad personal y la responsabilidad social de garantizar el respeto a la dignidad de todos los hombres, el ciberespacio se presenta no ya como una aldea global, sino como una casa global, una casa a la vez inmensa y diminuta, que pide a gritos ser habitada, humanamente habitada, por la inquietud, la ternura, el encuentro, la vida de familia. En definitiva, una casa que quiere ser hogar.


¿Y qué ofrece la Iglesia a Internet?


1. Le ofrece precisamente este hogar, en la medida en que le ofrece un aliento humano, el aliento y el respiro de aquella que ha sido llamada «experta en humanidad», de aquella porción de humanidad, pueblo peregrino de la historia, que encierra en si misma el germen, el secreto, y el hilo conductor de la misma historia como historia de
salvación.

2. Le ofrece, además, el bagaje de humanidad y el camino para superar la llamada «brecha digital»[5], como condicionamiento de la implantación de la Red a corto y medio plazo por el que en lugar de servir para unir más, como sería de esperar de estos instantáneos y económicos modos de comunicación interactiva, dividen cada vez más a los hombres y a los pueblos entre los que más fácilmente acceden a la última tecnología y los que, al final de la cola en el desarrollo económico y social, ni siquiera aún acceden a las ya viejas fuentes de energía y de bienestar de la ya histórica revolución industrial. El magisterio de la Iglesia y su incontable acción social constituyen la más valiosa aportación a una la globalización solidaria a partir de una globalización de la solidaridad.[6]

3. Le ofrece un mensaje eterno e inabarcable, nada ideológico, ni partidista, interesado, o demagógico, sino un mensaje que es mucho más que un mensaje, porque es una vida. La Iglesia le ofrece a Internet los contenidos que tanto la Red, puro y mero soporte, descomunal soporte, necesita. Pero los contenidos que la Iglesia le ofrece no son sólo documentación, ciencia, arte o historia. Son, además de estos contenidos e incluso cuando son estos mismos contenidos, Palabra y vida. Palabra eterna que no proviene del mero conocimiento humano, sino de la revelación de Dios; y vida, real y concreta, la vida de miles y miles de niños y jóvenes, hombres y mujeres, que han verificado con sus vidas la Palabra. Palabra y vida, Evangelio y testimonio, son los grandes dones de la Iglesia para Internet, pero no sólo pare Internet, sino para la esperanza, y para que Internet sea un instrumento, un vehículo, que lleve a la esperanza.

4. Le ofrece una unidad, una presencia de comunión. Si la estructura de la Red permite curiosamente establecer todos los vínculos existentes de un modo sencillo y rápido, el gran handicap de la Red es precisamente la dispersión, dado que las relaciones de afecto y de confianza tienen que existir antes para que la «página» de uno remita a la de otro. La Iglesia puede ofrecer a la Red esta globalización que Cristo mismo instauró, en la que verificar el «en eso conocerán que sois mis discípulos». El uso de los enlaces en la Red entre páginas eclesiales permitirá ver como que si un internauta diese con una web eclesial, desde esa misma página pudiese empezar un recorrido de navegación prácticamente interminable, pues debería poder enlazar en esa búsqueda por todas y cada una de las páginas eclesiales existentes en la Red, que seguramente deben ser muchas decenas de miles, y ofrecer un colorido y floreciente jardín donde la vida nueva, la sabiduría milenaria, la novedad del Evangelio, fueran además de perfectamente reconocibles, irresistiblemente atractivas.

5. Le ofrece, además, la salvación de lo efímero. La cultura del «memorial de la Iglesia» esta llamada a salvar la «cultura de la fugacidad» de los medios, dice Juan Pablo II[7]. Internet se presenta como un gran supermercado del conocimiento, en el que todo parece tener el mismo valor, la misma pervivencia, la misma certidumbre y la misa seguridad. Pero además esta medida por el mismo rasero es, descriptivamente, una igualación por lo bajo. Sólo la capacidad intrínseca del mensaje, puede comprometer esta normalización indiscriminada de la metodología misma de la Red, para distinguir lo permanente de lo caduco, lo verdadero de lo falso, lo valioso de lo inconsistente.

6. Le ofrece, por último, un encuentro, un encuentro verdadero, el Encuentro con Dios. Bien sabemos que «aunque Internet no puede suplir nunca la profunda experiencia de Dios que sólo puede brindar la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, sí puede proporcionar un suplemento y un apoyo únicos para preparar el encuentro con Cristo en la comunidad y sostener a los nuevos creyentes en el camino de fe que comienza entonces»[8]. Por eso, como la hemorroisa del Evangelio, también a través de Internet basta tocar el manto del Señor, ver reflejado su rostro, leer sus palabras, y comprobar el testimonio de vida de quienes le siguen, para quedar cautivados por una presencia a la que el medio remite, la presencia real y concreta del Señor entre los suyos, en la comunión de la Iglesia, y en cada uno de sus sacramentos.

Como muy hermosamente apunta nuestra ponente María Dolores de Miguel, «navegar por la Red fascina y seduce porque es un proceso de búsqueda y de explotación interactiva. Y podría convertirse en parábola del camino de fe. Esta cultura positiva y tan amante de lo nuevo podría verse colmada de forma sorprendente por la Red del Dios de la sobreabundancia, de la pasión sin límites por todo lo creado. Como el cibernauta, así también el peregrino busca y explora. Llegar a descubrir al Señor y seguirle es un largo proceso de fe interconectada, de búsqueda apasionada junto con los compañeros de camino en la larga marcha de la vida»[9].



[1]
CONSEJO PONTIFICIO PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES, «Ética en las Comunicaciones Sociales», Edición semanal en castellano de: L´Osservatore Romano (Roma 2000), pp. 299-303.

[2] «Pablo, después de haber predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas, se dirige al Areópago donde anuncia el Evangelio usando un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente (Cf.: Act., 17, 22-31). El areópago representaba entonces el centro de la cultura del docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como símbolo de los ambientes donde proclamarse el Evangelio. El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que ésta unificando a la humanidad y transformándola –como suele decirse– en una “aldea global”. Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia, que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios»: JUAN PABLO II, «Redemtoris Missio» (nº 37kl), Ecclesia (Madrid 1991), pp. 185-221.

[3] Ibid.

[4] JUAN PABLO II, «Essere al servizio del Popolo di Dio nell´attuale momento storico del continente Latino-americano», en Insegnamenti di Giovanni Paolo II (Città del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 1983), Tomo IV,1; p. 698. (Extracto de la versión oficial original en castellano del Discurso dirigido a la Asamblea de la Conferencia Episcopal Latino Americana del miércoles 8 de marzo de 1983).

[5] CONSEJO PONTIFICIO PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES, «Ética en Internet», (Madrid: Ecclesia, 2002), nº 10, pp. 403-408 (Documento del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, publicado el 22 de febrero 2002, Fiesta de la Cátedra de San Pedro Apóstol, como preparación de la celebración de la XXXVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, del 12 de mayo del 2002).

[6] «La globalización, por tanto, para que sea auténticamente humana ha de serlo también de la solidaridad, objetivo al que las comunicaciones sociales han de contribuir si quieren ser verdaderamente sociales. Hemos de hacer todo lo posible para que no exista una brecha digital que abra una nueva división entre ricos y pobres también en el terreno informativo»: COMISIÓN EPISCOPAL DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, «Comunicar en Evangelio en la sociedad de la información», en Ecclesia (Madrid: 2002), pp. 674-675. (Mensaje de los obispos españoles con ocasión para la XXXVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, del 12 de mayo de 2002).

[7] CF.: JUAN PABLO II, «Los mass-media presencia amiga para quien busca al Padre», Edición semanal en castellano de: L´Osservatore Romano (Roma 1999), p. 94.

[8] JUAN PABLO II, «Internet: un nuevo foro para la proclamación del Evangelio», mensaje citado.

[9] MARIA DOLORES DE MIGUEL, Con el Señor en la cibercultura (BAC, Madrid: 2001), p. 186.

 

           

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